ENTRE EL AULA Y EL CUIDADO EMOCIONAL: SALUD MENTAL Y CORRESPONSABILIDAD UNIVERSITARIA
El artículo reflexiona sobre la salud mental como eje fundamental del desarrollo humano en la educación superior. Plantea la corresponsabilidad institucional en el cuidado emocional de los estudiantes, más allá de la atención clínica individual. Propone repensar prácticas académicas y relacionales para construir comunidades universitarias más humanas e integrales.
ENTRE EL AULA Y EL CUIDADO EMOCIONAL: SALUD MENTAL Y CORRESPONSABILIDAD UNIVERSITARIA
Julián David Herrera
Maestrante en Educación: Desarrollo Humano
Universidad de San Buenaventura, Cali, Colombia
RESUMEN
El artículo reflexiona sobre la salud mental como eje fundamental del desarrollo humano en la educación superior. Plantea la corresponsabilidad institucional en el cuidado emocional de los estudiantes, más allá de la atención clínica individual. Propone repensar prácticas académicas y relacionales para construir comunidades universitarias más humanas e integrales.
PALABRAS CLAVES
Salud mental; educación superior; corresponsabilidad institucional; desarrollo humano.
ENTRE EL AULA Y EL CUIDADO EMOCIONAL: SALUD MENTAL Y CORRESPONSABILIDAD UNIVERSITARIA
En el marco de la formación en la Maestría en Educación: Desarrollo Humano, adelanto como trabajo de grado una investigación denominada “IMPORTANCIA DE LA SALUD MENTAL COMO ESFERA QUE CONTRIBUYE AL DESARROLLO HUMANO Y LA FORMACIÓN INTEGRAL EN LOS ESTUDIANTES EN LA EDUCACIÓN SUPERIOR”, la cual expresa no solo un compromiso académico, sino el interés por hacer un llamado para que, en los escenarios de educación superior, se piense en los estudiantes como seres humanos, merecedores de un alto sentido de dignidad en bien de su desarrollo humano. En este contexto de formación nace este breve artículo, que parte con la pregunta:
¿Es aquí donde puedo venir a llorar?
Esta pregunta, lejos de ser una solicitud ingenua, condensa una realidad que atraviesa cotidianamente a miles de jóvenes universitarios en el país. No se trata de pedir permiso, sino de expresar la urgencia de encontrar espacios donde sea posible desatar los nudos emocionales que emergen de una cotidianidad marcada por desafíos personales, familiares, económicos y académicos.
La salud mental de los jóvenes en edad universitaria no puede entenderse como un asunto exclusivo de los profesionales del área, ni como una función aislada de las dependencias de bienestar. Se configura, más bien, como una responsabilidad compartida que interpela a todos los roles que conforman la comunidad universitaria: directivos, docentes, equipos administrativos y los mismos estudiantes. Asumir esta corresponsabilidad implica reconocer que el cuidado emocional también es una tarea empática, política y pedagógica.
Desde la experiencia como profesional universitario, he observado que los malestares emocionales y las afectaciones a la salud mental constituyen una dimensión recurrente en la trayectoria académica de los estudiantes. Esta constatación no se limita a una vivencia laboral, sino que encuentra sustento en la Política Nacional de Salud Mental 2024–2033, la cual identifica a los jóvenes entre los 16 y 28 años como una población prioritaria en términos de riesgo psicosocial. En este grupo confluyen procesos de formación académica, construcción de identidad y exigencias institucionales propias de la educación superior, generando tensiones que requieren una atención integral.
Reconocer el escenario universitario como un espacio que no solo produce conocimiento, sino que acompaña la formación integral de sujetos en proceso de construcción identitaria, invita a formular preguntas necesarias: ¿de qué manera se está comprendiendo la salud mental en las instituciones de educación superior? y ¿cómo se traduce esta comprensión en prácticas cotidianas que impactan la vida estudiantil?
En este sentido, resulta insuficiente delegar el cuidado de la salud mental únicamente al sistema de salud o limitarlo a procesos de remisión externa. Las dinámicas académicas, evaluativas y relacionales que se configuran al interior de las instituciones inciden de manera directa en el bienestar emocional de los estudiantes. Desconocer esta relación implica fragmentar la experiencia universitaria y desdibujar la responsabilidad institucional en la formación integral.
La salud mental se construye, en gran medida, en el escenario cotidiano de los jóvenes que acceden a la educación superior, un logro que ya supone presiones significativas en contextos de desigualdad social. Por ello, su abordaje no puede reducirse exclusivamente a la atención psicológica individual. Implica, además, habilitar espacios seguros, fortalecer lugares de socialización y encuentro, impulsar la cultura y el deporte, promover relaciones pedagógicas basadas en el respeto y consolidar escenarios de participación legítimos. Se trata, en esencia, de construir instituciones donde los estudiantes encuentren un lugar para expresar su malestar sin temor al juicio.
Este llamado no busca instaurar modelos inéditos, sino propiciar una revisión crítica de las prácticas y discursos que se reproducen en la vida universitaria. Las exigencias académicas, la interacción con docentes, investigadores y sectores externos, así como los modos de evaluación y acompañamiento, no deberían configurarse como experiencias marcadas por el temor o la competencia desmedida. Repensar estos aspectos es una condición necesaria para cuidar la integridad emocional de quienes hoy se forman como profesionales.
Concebir el proceso académico universitario desde una perspectiva integral implica fortalecer escenarios de comunidad por encima de lógicas exclusivamente competitivas, así como desarrollar herramientas financieras, pedagógicas y de cuidado que acompañen la permanencia estudiantil. Un campus que reconoce la complejidad de la experiencia estudiantil no genera fragilidad, sino oportunidades reales de formación y desarrollo.
La salud mental, entendida como un eje transversal de la vida universitaria, abre la posibilidad de construir nuevas formas de encuentro, tejer redes de apoyo y consolidar vínculos más sanos. En este reconocimiento del otro, y en la disposición institucional para escuchar, se encuentra un camino posible hacia comunidades universitarias más humanas, responsables y sostenibles.
Repensar la salud mental en la universidad implica abrir un proceso de revisión y transformación de las estrategias institucionales que inciden en la vida estudiantil. Este enfoque encuentra respaldo en la reciente Ley 2460 de 2025, que reconoce la importancia de integrar acciones pedagógicas, educativas y comunitarias en la promoción y el cuidado de la salud mental, e invita a las instituciones de educación superior a fortalecer prácticas y políticas institucionales más sensibles al bienestar estudiantil.
UNA EDUCACIÓN DE CALIDAD NO SE MIDE SOLO POR LOS SABERES QUE TRANSMITE, SINO POR SU CAPACIDAD DE CUIDAR LA SALUD MENTAL, ESCUCHAR EL DOLOR Y ACOMPAÑAR INTEGRALMENTE EL DESARROLLO HUMANO DE QUIENES APRENDEN.
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