REENCANTAMIENTO DE LA EDUCACIÓN: UN ACTO ÉTICO, POLÍTICO Y EXISTENCIAL EN TIEMPOS DE CRISIS CIVILIZATORIA

Los signos de los tiempos presentes proponen hacer una urgente reflexión sobre la educación, su quehacer y sus posibilidades, con el propósito de encontrarnos con una institución que responda a las condiciones epocales mediante dinámicas vitales que den razones para pensarnos en una nueva humanidad. En este sentido, es vital la persona del maestro; es él quien, con su vida, compromiso y entrega, permite realizar los giros urgentes que avizorarán una nueva civilidad basada en un sentido de humanidad transformadora, al asumir el reencantamiento educativo como un asunto urgente, inaplazable e intransferible. De este modo, el maestro, revestido y expresado desde esta condición testimonial, se constituye en la «didáctica máxima»; es decir, en el paradigma vital que dota al aula de gestos transformadores que reencantan y redibujan el paisaje educativo y social a partir de la experiencia de dialogar desde la condición humana y la humana condición.

Febrerp 5, 2026 - 15:28
Febrerp 10, 2026 - 14:49
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REENCANTAMIENTO DE LA EDUCACIÓN: UN ACTO ÉTICO, POLÍTICO Y EXISTENCIAL EN TIEMPOS DE CRISIS CIVILIZATORIA

 

Carlos Eduardo Mejía Bustamante

Docente de la Maestría Educación: Desarrollo Humano

Universidad de San Buenaventura, Cali, Colombia

 

REENCANTAMIENTO DE LA EDUCACIÓN: UN ACTO ÉTICO, POLÍTICO Y EXISTENCIAL EN TIEMPOS DE CRISIS CIVILIZATORIA 

es una relectura vital que revela el compromiso acerca de las implicaciones del ser del maestro; una mirada a las condiciones que rodean, en términos de afección, a los escenarios educativos y, en ellos, a los niños y jóvenes que los transitan.

 

Ciertamente, es una apuesta que convoca a repensar las actuaciones humanas del maestro desde una clave urgente de coexistencia y de humanidad sensible. Esta es una condición vital para el rediseño y redanzamiento de la educación como el lugar por excelencia desde donde sea posible, a partir del encuentro humano, construir una sociedad en civilidad transformadora, en resistencia a una realidad que evidencia una pérdida de sentido, un desprecio por lo significativamente humano y un marcado desinterés por asumir una postura crítica frente a la historia y su devenir.

 

Esta crisis generalizada ha afectado profundamente a las instituciones que sustentan el hecho social y, entre ellas, a la institución educativa, de la cual siempre se ha afirmado que es el lugar de transformación del mundo. No obstante, la crisis de humanidad la ha permeado y ha tocado cada uno de sus rincones: se ha instalado en el aula y ha fragmentado el acontecimiento humano, tanto en los estudiantes como en los maestros. En este marco crítico, comparto la profunda convicción de muchos que ven en la educación un acontecimiento esperanzador en términos de una “opción pacífica y revolucionaria para transformar los grandes males de la sociedad humana” (Guarín, 2011).

 

Hoy tenemos, en el contexto educativo, otros actores, otras condiciones y el ímpetu de un problema social que se veía venir. Infortunadamente, tenemos que recoger día a día titulares de niños y jóvenes estudiantes que roban, trafican, extorsionan, secuestran, atentan o agreden a los docentes; y, en el mejor de los casos, de niños y jóvenes que no quieren estar en las escuelas debido al miedo que toca sus vidas. Estas son expresiones, aunque suene duro, de una sociedad decadente que, tras el discurso de lo tecnológico, lo científico y lo pedagógico, ha olvidado la condición de humanidad y las opciones que sobre ella son fundamentales. Esto evidencia una significativa disminución de su capacidad sociotransformadora, toda vez que hoy la educación está pensada bajo las posibilidades estrictas de transmisión del conocimiento y de la construcción de habilidades o competencias para agenciar dicho saber.

 

En este sentido, debemos hablar de una lamentable ausencia de sujetos comprometidos con el ejercicio de la educación en clave de humanidad, en cuyo lugar subsiste un modelo sistemáticamente adoctrinador. En esta misma línea crítica, Martha Nussbaum (2016) sostiene que una educación centrada exclusivamente en la rentabilidad económica produce sociedades democráticamente frágiles y moralmente empobrecidas, lo que permite comprender con mayor profundidad las consecuencias éticas y sociales de una educación reducida a criterios utilitaristas. Frente a este panorama, François Dubet (2006) propone comprender la experiencia escolar como una construcción subjetiva atravesada por múltiples lógicas: la integración, la estrategia y la subjetivación.

 

Frente a estas circunstancias, y sin ánimo redentorista, es fundamental una apuesta por la recuperación del sentido de lo humano. Es necesario pensar en las actuaciones que están en la posibilidad de recuperar la humanidad que se emancipa, se piensa y se redescubre desde una civilidad dignificante de la condición de sujeto. Alain Touraine (2000) plantea que el sujeto se constituye verdaderamente cuando es capaz de resistir las lógicas que lo reducen a mero objeto del sistema y afirma su capacidad de actuar sobre su propia vida. Desde esta perspectiva, la obra de vida no puede entenderse como un logro individual aislado, sino como una construcción situada, atravesada por conflictos, tensiones y relaciones sociales.

 

La pérdida de sentido vital en las instituciones educativas no es un problema teórico; es un problema social, reflejo del deterioro humano y del desprecio por la vida. Frente a esto, la educación no puede quedarse en aspectos apenas importantes, dejando de lado lo fundamental: la vida y la dignidad de la persona humana.

 

Paul Ricoeur (1996) sostiene que la identidad del sujeto es esencialmente narrativa: el ser humano se comprende a sí mismo a través de los relatos que teje sobre su propia vida. La educación, cuando asume esta perspectiva, se convierte en un espacio de mediación narrativa que permite al estudiante articular pasado, presente y futuro en un horizonte de sentido.

 

De este modo, la postura que emerge busca comprender y anunciar las condiciones humanas que embargan la vocación del maestro a partir de la pregunta por el lugar vital que le corresponde y, al mismo tiempo, por el lugar vital que debe ser reconquistado: aquel donde las actuaciones del docente habiten vitalmente desde el gesto emancipador del amor como propósito educativo de una nueva civilización. Solo basta reclamar el derecho de creer que aún es posible, como lo diría, casi en tono profético, nuestro Nobel, Gabriel García Márquez:

 

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra. (Fragmento del discurso La Soledad de América Latina pronunciado por Gabriel García Márquez en la entrega del premio Nobel de Literatura en 1982)

 

Del mismo modo, hoy no podemos caminar en paralelo a las condiciones epocales que afectan el contexto social. Frente a estas emergencias encuentro en nosotros, los maestros, a quienes he llamado en otros escritos la «Didáctica Máxima», una enorme, inaplazable e indelegable oportunidad para revitalizar el aula y encontrar, junto a los estudiantes, las razones y sentidos que harán posible una auténtica formación ciudadana. Como señala Freire (1969):

 

“Toda la tarea de educar solo será auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad, en la medida en que le pierda el miedo a la libertad, en la medida en que pueda crear en el educando un proceso de recreación, de búsqueda, de independencia y, a la vez, de solidaridad”.

 

Por todo ello, es claro que la educación está llamada a pensarse desde un nuevo paradigma que construya rutas posibles para superar las fragmentaciones sociales y propender por una nueva forma de ser sujeto-ciudadano; un cambio colectivo y propositivo basado en una postura crítica de la historia individual y social, en orden a una cultura con sentido de humanidad. Esto implica «generar nuevas formas de estar y de ser en el mundo escolar» (Skliar y Téllez, 2008). Así, el escenario educativo deja de ser un lugar de paso que no se habita, y que, por tanto, no se construye, aludiendo a la mirada de Heidegger (1924), para abrir las puertas a nuevas formas de subjetivación en el mundo escolar; nuevas maneras de habitarlo para reconstruirlo a partir de un encuentro sencillamente humano con el otro, como afirma Paul Ricoeur (1996), la identidad del sujeto se construye narrativamente; el ser humano se comprende a sí mismo a través de los relatos que teje sobre su propia vida.

 

Ahora bien, no se trata solo de la búsqueda de estrategias pedagógicas y didácticas para la construcción de esta cultura; es, sobre todo, la urgencia de repensar al hombre, disponiéndolo para una civilidad capaz de un diálogo humano y creador, con respeto por la diversidad y un acercamiento en clave de alteridad. Esto permitirá narrar los acontecimientos de los sujetos y sus expectativas de vida a partir de una simbólica estética que dé razón de lo humano, para lo cual es necesario “ser fielmente infieles; como de lo que se trata es de la posibilidad de deconstruir la herencia educativa” (Skliar y Téllez, 2008).

 

Hoy más que nunca, es imperativo pensar en la educación desde el gesto humano que reconstruye al hombre; una educación comprendida como “un acto de amor entre maestro y estudiante… donde yo aprendo de él, él aprende de mí y donde ser maestro es una pasión que nunca se acaba, es mi rejuvenecimiento” (Larrosa y Skliar, 2009). Es una experiencia de vida que entrama las sensibilidades y se constituye en un profundo acto político de resistencia contra un sistema que ha «inventado» al alumno, pero ha perdido al sujeto humano.

 

Desde la perspectiva de Michel Foucault (1984), la subjetividad no es una esencia previa al mundo social, sino el resultado de procesos históricos de subjetivación, es decir, de prácticas, discursos y relaciones de poder que configuran modos de ser y de pensarse

 

Esto nos convoca a testimoniar, desde la educación, un acontecimiento esperanzador: la construcción de lo humano en un sujeto dueño de un pensamiento situado en contexto. Para ello, la educación “debe ser un mundo de vida en donde se acude a la pedagogía con el fin de esclarecer la relación con el otro” (Zambrano, 2000). Educar, en definitiva, es entender el mundo con el otro y hacerlo posible para todos.

 

En este sentido, surge como urgencia la recuperación de la educación y, con ella, la del maestro; ambos afectados por una formación que dejó de pensarse, de aventurarse y de asombrarse, para asentarse en una bancariedad que niega la condición humana y la relación entre los sujetos en los escenarios educativos. Es una urgencia que invita a una rebeldía emancipadora del pensamiento, capaz de romper las fronteras dogmatizadas que han agotado la dinámica del asombro desde la experiencia humana… a esto no le podemos llamar educación.

 

Así, la educación, como lugar de vida y esperanza, debe poseer un lenguaje que supere la simple comunicación del conocimiento y se convierta en constructora de lo fundamental desde el aula. En el entramado de las relaciones humanas, la vida y la voz del maestro deben posibilitar una recuperación del sentido de la identidad individual y colectiva.

 

De este modo, el maestro esperado en el marco de estas emergencias no surge únicamente de los saberes pedagógicos y teóricos, sino que, además, resurge con una condición de vida en sensibilidad civil. En estos términos recuperamos el sentido de lo vocacional, lo que supone no solo la competencia y la experiencia docente, sino las convicciones vitales de sentirse llamado a entregarse en una profunda condición de humanidad liberadora, a fin de redibujar el paisaje educativo.

 

Para lograrlo, es necesario que el maestro se reflexione a partir de tres momentos:

 

·       Primero, autocontemplarse como sujeto inmanente: Es decir, un sujeto de su tiempo, capaz de vivir su presente con el riesgo del compromiso y la entrega total e incondicional; alguien que no pasa indiferente frente al acontecer luctuoso de cada día, sino que lo relee y lo permea con su espíritu educador.

 

·       Segundo, autocontemplarse como sujeto transparente: Un sujeto que hace de su ser un acontecimiento vital que puede ser leído por los otros a la luz de los valores fundamentales de la existencia humana. Esta es su condición testimonial.

 

·       Tercero, autocontemplarse como sujeto trascendente: Un sujeto que tiene la capacidad y la posibilidad de desparametrizar las estructuras y de mirar de manera renovada su propio entorno de vida en su condición de maestro. Es el docente que se abre a nuevas posibilidades y reinventa, con un nuevo ardor, aquello que sucede en el aula.

 

Así, su vida, su palabra y su epifanía deben generar un reencantamiento del aula y de los espacios donde se construye, de común acuerdo, la educación: “La escuela -la educación en todos sus niveles- debe ser el lugar de la vida; es decir, el lugar de la alegría y no de la frustración” (Zambrano, 2000). Una frustración provocada, muchas veces, por la pérdida de sentido del maestro como sujeto educador; del docente que ha asumido el proyecto educativo como un simple quehacer laboral, sin sentido de entrega ni compromiso frente a una misión equiparable a un nuevo sacerdocio. El norte de la educación debe orientarse a una reconquista de la fe del hombre en sí mismo y en los otros, en sus posibilidades, potencialidades y competencias para hacer de este mundo un mundo de todos a fin de confrontar y superar lo planteado por Byung-Chul Han (2018), “la sociedad contemporánea produce sujetos exhaustos, autorreferenciales y desprovistos de narrativas de sentido, fenómeno que se refleja con fuerza en la escuela”.

 

Por tanto, declaro que: el gesto humano del maestro es el acto de resistencia, proexistencia y transformación social más potente.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Dubet, F. (2006). El declive de la institución. Gedisa.

 

Foucault, M. (1984). Historia de la sexualidad III: El cuidado de sí. Siglo XXI.

 

Freire, P. (1969). La educación como práctica de la libertad. Siglo XXI.

 

García Márquez, G. (1982). La soledad de América Latina. Discurso Nobel.

 

Guarín, G. (2011). Razones para la racionalidad en horizonte de complejidad. Documento de trabajo.

 

Han, B.-C. (2018). La sociedad del cansancio. Herder.

 

Heidegger, M. (1924/1999). El concepto de tiempo. Trotta.

 

Larrosa, J., & Skliar, C. (2009). Experiencia y alteridad en educación. FLACSO.

 

Nussbaum, M. (2016). Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz.

 

Ricoeur, P. (1996). Sí mismo como otro. Siglo XXI.

 

Skliar, C., & Téllez, M. (2008). Conmover la educación. Ensayos para una pedagogía de la diferencia. Noveduc.

 

Touraine, A. (2000). ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes. Fondo de Cultura Económica.

 

Zambrano Leal, A. (2000). La mirada al sujeto educable. La pedagogía y la cuestión del otro. Talleres de Artes Gráficas del Valle.

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CARLOS EDUARDO MEJÍA BUSTAMANTE Soy una persona que tienen la esperanza en una humanidad mejor, para un mejor futuro del planeta